viernes, 22 de mayo de 2009

Haydn

Yo soy una criatura esencialmente romántica: nos sentimos irremediablemente atraídos por aquellos personajes de la Historia que experimentaron grandes pasiones y grandes sufrimientos, aquellos que tuvieron que enfrentarse a la miseria, a la enfermedad o a la locura, ésos que tenían grandes manías o terribles adicciones, los que se rebelaron contra el sistema y padecieron la represión, la cárcel o la tortura y, sobre todo, los que tuvieron una muerte prematura. En cambio, aquellos personajes que disfrutaron de una existencia larga, tranquila y feliz, y que no incurrieron en ningún exceso, apenas despiertan nuestro interés. Por eso, cuando el editor de la revista me encargó una artículo sobre Franz Joseph Haydn, para conmemorar los 200 años de su muerte, sentí verdadera fiaca... Pero aún así lo escribí.

Resulta que Haydn nació en la aldea de Rohrau, a quince leguas de Viena, el 31 de marzo de 1732, y era hijo de un carpintero y herrero de nombre Mathias Haydn, cuyos principales ingresos provenían de reparar las carretas, carretillas y demás instrumentos de labranza del noble local, el conde de Harrach. Curiosamente, el pequeño Sepperl (como lo llamaban de cariño) que llegaría a ser una gran instrumentista, no mostró predilección ni virtuosismo por ningún instrumento en particular: entró en el mundo de la música como cantante. Cuando tenía ocho años, la belleza de su voz fue descubierta por el director del coro de la Catedral de San Esteban de Viena, quien hizo que lo admitieran en el coro y la escuela de la catedral, con lo cual el cabildo de la ciudad correría con los gastos de su manutención y educación musical.

Al cambiarle la voz, a los diecisiete años, fue despedido del coro y quedo sin medios de subsistencia. Aquél fue el único momento verdaderamente difícil en la vida del compositor: si no hubiera sido por la hospitalidad de un amigo que lo acogió en la bohardilla en la que habitaba hubiera tenido que vivir en la calle. Sin embargo, para su fortuna, durante sus años en San Esteban había adquirido una sólida formación musical que resultaría invaluable en su carrera como compositor. Pronto compuso sus y sus primeras cantatas, con las cuales llamó la atención de varias personalidades importantes del mundo musical vienés, como el famoso poeta y Metastasio y Nicola Porpora, el célebre maestro de Farinelli, quien lo tomó como una mezcla de sirviente y aprendiz. Poco a poco fue ganándose el favor de la aristocracia vienesa y se convirtió en uno de los compositores de moda de la ciudad. Hacia 1856 (el año en que nació Mozart) el joven Haydn era ya un invitado frecuente en los palacios de verano de los nobles austriacos.

Y es que, en el siglo XVIII, cuando el la clase media era poco más que un grupo de artesanos y tenderos, no existía en Europa un público suficientemente amplio que asistiera a los teatros o que comprara partituras impresas, por lo que el mecenazgo de la nobleza era indispensable para la subsistencia de los músicos. Los aristócratas reclutaban compositores para integrarlos al personal de sus palacios de forma apenas diferente a como contrataban a sus mayordomos, cocheros o cocineros. Incluso, en muchos casos, se les obligaba a portar la librea de la casa.

Era, evidentemente, una situación de subordinación. Pero de subordinación relativa. ¿Quién —salvo un puñado de historiadores especializados— recuerda las políticas de tal o cual ministro, la elegancia de tal dama, las batallas que libró tal general? Y, en cambio, las composiciones de Vivaldi, de Händel, de Bach, de Gluck, de Haydn y de Mozart son escuchadas hasta el día de hoy en la radio, en discos, en teatros y salas de concierto de todo el mundo, y los nombres de estos artistas son recordados con admiración y amor por millones de personas. Los nobles que los patrocinaron y que favorecieron la ceración de sus obras aportando los recursos materiales necesarios, son apenas una nota de pie de página en las biografías de los compositores. Es gracias a ellos que muchos soberbios aristócratas adquirieron su parcela de inmortalidad. Por eso vale la pena preguntarse: a fin de cuentas, ¿quién trabajaba para quién?

Esta situación iba a cambiar antes de lo que todos suponían, pero, en 1761, era claro que, si quería asegurarse un porvenir exitoso, Haydn necesitaba el patrocinio de una familia aristocrática y eso fue precisamente lo que obtuvo cuando el príncipe Paul Anton Esterházy lo contrató como vice-maestro de capilla (o Kappellmeister) de su palacio en Eisenstadt.

Los Esterházy de Galatha eran una antigua familia húngara, y una de las más ricas e influyentes del Imperio. Pasaban los inviernos en Viena y los veranos en alguno de los castillos de su propiedad y llevaban con ellos a toda su capilla (orquesta, coro y solistas… poco más de veinte músicos en total). La orquesta de los Esterházy brindó a Haydn la oportunidad de experimentar con la composición sinfónica, en la que hizo grandes desarrollos. No en vano ha sido bautizado “padre de la sinfonía”. De hecho, el primer encargo importante que recibió su nuevo patrón fueron tres sinfonías inspiradas en casa parte del día: la sexta (la mañana), la séptima (el mediodía) y la octava (la tarde).

Resulta simbólico que Haydn haya omitido componer una sinfonía sobre la noche. Y es que el compositor era un digno hijo de su siglo: el Siglo de las Luces. Una época marcada por una corriente artística —el clasicismo— que buscaba inspiración en los modelos de la Antigüedad griega y romana y rechazaba cualquier exageración o exceso. En cambio, tenía como ideales la naturalidad, la sobriedad, el orden, la claridad, y la armonía. La luz de la Razón iluminaba todas las formas de producción artística, la cual era creada más con el cerebro y menos con el corazón. La música de Haydn —y, en buena medida, también su vida— es un ejemplo paradigmático de esta corriente.

En 1762, murió el príncipe Paul Anton y fue sucedido por su hermano, Nicolaus llamado “el Magnífico”. El nuevo líder de la casa Esterházy, que había sido general del ejército austriaco durante la Guerra de los Siete Años, era un verdadero apasionado de la música. En su palacio de Estherhaza (un Versalles en pequeña escala a orillas del lago Neusiedler) hizo construir un teatro para quinientos espectadores en el que se representaban dos óperas y dos conciertos solemnes a la semana. Eso además de la música de cámara que se tocaba a todas horas en los distintos aposentos del palacio y de las composiciones especiales creadas para agasajar a los invitados ilustres. (Así, por ejemplo, con motivo de la visita de la emperatriz María Teresa en 1773, Haydn compuso su Sinfonía No. 50 y su ópera L’Infedelta Lelusa).

Con semejante demanda de música, a Haydn, que pronto fue ascendido al cargo de Kappelmeister, no le faltaba trabajo. Durante sus años al servicio de los Esterházy seguía una inquebrantable rutina diaria, que Stendhal describió así:

“Su vida fue uniforme y exclusivamente dedicada al trabajo. Se levantaba muy temprano, se vestía con toda pulcritud, se instalaba en una mesita junto a su piano y de ordinario lo sorprendía ahí la hora de la comida. Por la noche dirigía los ensayos o asistía a las representaciones de ópera que se celebraban cuatro veces por semana en el palacio del Príncipe. Algunas mañanas, muy pocas, las dedicaba a la caza. El poco tiempo que le quedaba libre lo pasaba con sus amigos o con la señora Polzelli. Tal fue la vida que llevó durante treinta años, y eso explica el número considerable de sus producciones”.

Cabe señalar que “la señora Pozelli” a la que se refería Stendhal era una soprano napolitana contratada por los Esterházy hacia 1779. Aunque tanto ella como Haydn estaban casados, sostuvieron una prolongada y bastante estable relación sentimental y según algunos biógrafos, tuvieron varios hijos. (¡Tan seriecito que se veía…!)

En fin, gracias a su personalidad extraordinariamente disciplinada y metódica, Haydn encontró tiempo para componer (según el catálogo Hoboken) 104 sinfonías, 25 divertimentos, 61cuartetos, 31 tríos y 6 dúos de cuerdas, 8 marchas, 62 sonatas para piano, 14 misas, 3 oratorios, 13 óperas, casi 50 conciertos para diversos instrumentos, aproximadamente 200 obras para barítono (una especie de trompeta, ahora en desuso, que era el instrumento favorito del Príncipe Nicolaus) y cientos de canciones, minuetos, allemandes, nocturnos, piezas sacras y profanas, óperas para marionetas y hasta música para relojes musicales.

No debe pensarse, por esta prodigiosa dedicación al trabajo de Haydn, que fuera un hombre serio o aburrido: por el contrario, tenía un sentido del humor brillante y refinado como su obra musical, del cual dan muestra innumerables anécdotas. Así, por ejemplo, en su sinfonía número 94, llamada La sorpresa, decidió "vengarse" de aquellos que acudían a sus conciertos sin demasiado interés. En el segundo movimiento, en un momento de intensidad piano, incorporó un inesperado fortissimo para despertar a los durmientes y sobresaltar a los distraídos. Otra muestra de la sutil irreverencia del compositor es su famosa sinfonía número 45 que Haydn compuso a manera de protesta por el hecho de que el Príncipe no concedió vacaciones a los músicos del palacio. En ella, los miembros de la orquesta van dejando de tocar paulatinamente y abandonando el escenario, uno tras otro, hasta que éste se queda vacío. Por eso se le conoce como “la Sinfonía de los Adioses”. Después de escucharla, el príncipe comprendió la indirecta y concedió a sus músicos la anhelada licencia.

La vena humorística de Haydn se expresa también en varias de sus óperas, entre las que destacan La canterina (La cantante) de 1766, Lo speziale (El boticario) de 1768 e Il mondo della Luna (El mundo de la luna) de 1777.

El 1781, en uno de sus infrecuentes viajes a la capital austriaca, Haydn tuvo la oportunidad de conocer a Mozart, de quien era ferviente admirador. Pese a la diferencia de edades (Haydn tenía cincuenta años y Mozart veinticinco) se volvieron amigos de inmediato. El compositor de Salzburgo le dedicó una serie de sonatas que hasta hoy se conocen como “sonatas Haydn”. Éste, por su parte, fue uno de los pocos contemporáneos que supo apreciar el genio de Mozart en toda su magnitud. Se dice que después de escuchar su Don Giovanni, Haydn no quiso volver a escribir óperas: la superioridad de Mozart en ese terreno era demasiado evidente.

Sin embargo, escribió piezas de música vocal verdaderamente geniales. A mí me gusta particularmente su cantata Arianna a Naxos compuesta en 1789, el año de la toma de la Bastilla.

En 1790 murió Nicolaus “el Magnífico”. Su primogénito y sucesor, el príncipe Anton Esterházy, no compartía la pasión de su padre por la música, por lo que de inmediato despidió a toda la orquesta (salvo a los instrumentos de viento, que le eran útiles para las cacerías). Sin embargo, sentía aprecio por Haydn por lo que le permitió conservar el título honorífico de Kappelmeister y le asignó una pensión vitalicia de 1,400 florines, sin que tuviera ya obligación alguna.

Viéndose libre después de treinta años al servicio de los Esterházy, Haydn aprovechó su nueva situación para efectuar dos giras en Londres, la primera de 1791 a 1792 y la segunda de 1794 a 1795. En Inglaterra recibió reconocimientos importantes, como un doctorado Honoris causa de la Universidad de Oxford. También tuvo la oportunidad de ver sus obras tocadas para públicos realmente amplios en teatros como el Covent Garden y el Drury Lane, que comparados con el reducido y aristocrático escenario de los Esterházy, resultaban multitudinarios. Fue ahí donde compuso sus últimas y más importantes sinfonías, mismas que servirían como modelo vinculante para la obra sinfónica de Mozart, Beethoven, Schubert, Rossini y Weber.

En el viaje de vuelta a Viena pasó por la ciudad de Bonn, en donde algunos amigos le presentaron a un tímido compositor local de veinte años que, según dijeron, “prometía mucho”. El joven le enseñó, muy nervioso, algunas de sus obras. Días más tarde, ya en Viena, Haydn le escribió animándolo a viajar a la capital. “Puesto que Mozart ha muerto, para desgracia de todos —le decía— ésta es la ocasión de que usted venga a ocupar el lugar que se merece”. Y así fue. El joven compositor se llamaba Ludwig van Beethoven.

Inspirado por los oratorios de Händel, que había escuchado en Inglaterra, Haydn había orientado su interés hacia las grandes composiciones sinfónico-corales. A este periodo pertenecen sus últimas misas, así como los oratorios Siete palabras del Salvador (1796), La Creación (1798) y Las Estaciones (1801). El texto de estos oratorios era del barón Van Swieten, el célebre benefactor de Mozart. Las ejecuciones públicas de estas obras en Viena significaron la consagración de la gloria Haydn en su propia patria.

El 31 de mayo de 1809, mientras los ejércitos napoleónicos ocupaban Viena y destruían a cañonazos el ancien régime, murió Franz Joseph Haydn. Con él se extinguía toda una época simple, plácida y refinada, una época de pelucas empolvadas y palacios rococó, la época de la Ilustración y del Clasicismo, el Siglo de las Luces, una era de la que Haydn fue el más digno representante. En su lugar, surgiría algo más complejo, más oscuro, más turbulento, incluso más violento. Algo que, con el tiempo, se llamaría Romanticismo.

3 comentarios:

Walter L. Doti dijo...

Interesantísima biografía. Muy bien narrada. Me gustó su reflexión sobre el mecenazgo. Recuerdo que el periodista Antonio Carrizo contaba que cuando se enteró de que debía hacerle notas radiales a Borges estaba exultante. "Algún día - pensaba - las grabaciones de esos programas serán escuchadas por estudiantes del futuro y yo habré entrado en la inmortalidad de la mano de Borges". Es un buen argumento para granjearse los favores de un mecenas.

chachú dijo...

Tanta erudición y sentido del humor en un medio tan democrático y sobrepoblado me parece simplemente genial. Soy tu fan

Sex Shop dijo...

Muy buenooooo!!!!!!!