jueves, 27 de noviembre de 2008

Conversación en La Catedral

OK. Reconozco que escribir la reseña de un libro cuarenta años después de su publicación es una mala idea, o por lo menos inoportuna. Sin embargo, aunque Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa fue publicada en 1969, yo apenas la acabo de leer, por lo que no pude haber escrito esta entrega antes…

Antes de empezar a leerla puede uno notar que es una novela enorme, gigantesca, realmente catedralicia. Y es que, como el propio Vargas Llosa declarado en repetidas ocasiones “las grandes novelas suelen ser novelas grandes”. Yo estoy de acuerdo con esta premisa: cuando una novela es buena, uno no quiere que termine nunca, quiere que dure. Por eso creo que ese elemento puramente numérico, de cantidad, en la novela es un aspecto central de la cualidad.

Lo primero que uno lee, apenas al abrir el libro (o, mejor dicho el primero de los libros, porque en la mayoría de las ediciones, incluyendo la que leí yo, viene en dos tomos) es una epígrafe sacada de la novela Pequeñas miserias de la vida conyugal de Balzac (otro que, como Vargas Llosa y como yo, creía que las grandes novelas deben ser novelas grandes) y dice así: «Il faut avoir fouillé toute la vie sociale pour être un vrai romancier, vu que le roman est l'histoire privée des nations.» Es decir, hay que hojear toda la vida social para ser un verdadero novelista, dado que la novela es la historia privada de las naciones. Y eso es lo que hace Vargas Llosa en su Conversación: una historia privada del Perú.

Conversación en La Catedral es una obra de gran complejidad narrativa, que se sustenta en un impresionante artificio de recursos técnicos, en donde dos o más diálogos entre oersonajes diferentes y entiempos diversos se entrecruzan constantemente. Es pues una novela de lectura difícil, que requiere un esfuerzo constante por parte del lector para ir tejiendo los hilos que componen la trama. Pero, a pesar de su complejidad (o quizá gracias a ella) la novela se va haciendo apasionante, adictiva. Y así, cualquier receso en su lectura produce en un síndrome de abstinencia que lo impulsa a uno a seguir leyendo.

En un intento por sintetizar lo insintetizable, diré que se va desenvolviendo a partir de una conversación entre un periodista frustrado, Santiago Zavala, “Zavalita” y Ambrosio, un antiguo chofer y guardaespaldas de su padre, a quien encontró de casualidad en la perrera adonde ha ido a rescatar a su mascota. Esta conversación madre, que no tiene lugar en ninguna iglesia, sino en una cervecería limeña de mala muerte llamada “La Catedral” dura varias horas, y es madre porque de ella, atraídas por ella, surgen otras conversaciones, otros diálogos, que corresponden a distintos momentos de las vidas de Zavalita o del guardaespaldas, y que van reconstruyendo, de manera fragmentada y como en un contrapunto, la vida del Perú durante los ocho años de la dictadura de Manuel Odría (1948-1956).

En esos ocho años, en una sociedad embotellada, en la que estaban prohibidos los partidos y las actividades cívicas, la prensa censurada, había numerosos presos políticos y centenares de exiliados, los peruanos de la generación de Vargas Llosa pasaron de niños a jóvenes, y de jóvenes a hombres. Todavía peor que los crímenes y atropellos que el régimen cometía con impunidad era la profunda corrupción que, desde el centro del poder, irradiaba hacia todos los sectores e instituciones, envileciendo la vida entera. Ese clima de cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral del Perú del ochenio, es la materia prima de la novela, que recrea, con las libertades que son privilegio de la ficción, la historia política y social de aquellos años sombríos.

La conversación —y toda la novela— tienen como objetivo responder a dos preguntas que Zavalita se hace a sí mismo en las primeras páginas: ¿Cuándo se jodió el Perú? ¿Cuándo te jodiste tú? Así, Conversación en La Catedral es la crónica de un fracaso doble: el fracaso individual de sus personajes y el fracaso colectivo de la sociedad peruana.

Aunque hay algunos optimistas (entre otros el propio Vargas Llosa) que aseguran que Perú está entrando a la era de la democracia, que se acabaron los gobiernos dictatoriales y los ciudadanos apáticos o cínicos, que no hay tanto racismo ni tanta estratificación social como antes, lo cierto es —y para comprobarlo basta leer los periódicos, hablar con algún peruano o simplemente ver un programa de Laura en América— que el triste panorama retratado en Conversación en La Catedral sigue tan vigente hoy en Perú, y en toda América Latina, como el día en que fue escrita.

3 comentarios:

Roberto dijo...

Coincido plenamente, mi querido Luis. Vargas Llosa es uno de mis autores favoritos—mucho más que sus equivalentes mexicanos o colombianos de los años del “boom”, y creo que Conversación en la Catedral es la novela suya que más me ha gustado (aunque otros de sus libros como “La Tía Julia”, “La ciudad y los perros” y “La fiesta del Chivo” demuestran que es un autor consistente y versátil). Ciertamente la obra es difícil a principio, pero no es como otros textos de estilo experimental, que ofrecen poco más que la satisfacción de poder seguirlos. Por el contrario, a mi me pareció que la complejidad narrativa de Conversación en la Catedral sirve muy bien para crear la atmósfera de la novela (una conversación algo etílica sobre un pasado que sería preferible no recordar). Una vez que la trama, algo borrosa en las primeras páginas, se va aclarando, la Conversación se lee con la misma fluidez que una novela de vampiros de Anne Rice. Por supuesto, yo que siempre soy muy optimista, y además gozo del privilegio de estar perfectamente desinformado, prefiero pensar que Vargas Llosa (que en sus columnas periodísticas siempre me ha parecido una calamidad como analista político) tiene razón esta vez, y que en el Perú quedaron atrás los días aciagos que inspiraron Conversación en la Catedral.

Bárbara dijo...

Ay Luis, comencé a leer Conversación en la Catedral en septiembre pasado pero como estaba en el mar donde la vida es más sabrosa y el estar horas en remojo en la piscina es una tarea relevante que no se puede soslayar, no llegué más allá de las primeras páginas...
Me interesa mucho y más después de haber estado en Lima. Así que me niego a leer tu reseña hasta que vuelva a reencontrarme con esta novela (enero, tal vez?) que tú me regalaste hace unos años...

Bárbara dijo...

Terminé Conversación en la Catedral hace apenas unos minutos. Me gustó muchísimo. Es la primera vez que leo a Vargas Llosa, quien como político y persona nunca me ha simpatizado, pero a quien como autor ahora admiro intensamente.

Lo primero que me deja Conversación en la Catedral es una tristeza profunda (íntima quizás, recordando la epígrafe que citas). Tristeza por los personajes, por lo reales que son Zavalita, Ambrosio, Amalia, Cayo Bermúdez y sobre todo tristeza por lo devastadoramente latinoamericana que es esta novela. Fue aquí, Luis. Piensa, cuando Vargas Llosa escribió esta novela, que América Latina se jodió. Ese ambiente triste que siempre tiene Lima por su situación geográfica queda perfectamente retratado en la novela pero al mismo tiempo es contagioso y bien me parecen la(s) historia(s), la tristeza, parte de nuestra realidad actual en México. Echa una mirada sobre tu hombro, en nuestro país, ¿cuántos Ambrosios? ¿cuantos Zavalitas frustrados? ¿cuántas niñas Tetés? ¿cuántos don Fermines? ¿cuántas Musas? ¿cuántos Cayos Mieda? ¿cuántos senadores con intereses y sin escrúpulos? ¡Están por todas partes!

Comencé Conversación en la Catedral varias veces desde principios de la década o algo así que me regalaste el libro y sólo este verano me propuse leerla de verdad. Es cierto que al principio cuesta trabajo ubicarse en los múltiples niveles de conversación, pero unas 60 o 70 páginas libro adentro uno comienza a moverse, como diría Vargas Llosa, como pez en el agua y después, saber más y más sobre los personajes es una verdadera adicción y toparse con los distintos niveles de la historia general, una delicia.

En la historia de Santiago Zavala me gustaron las formas que se repiten: los múltiples "¿fue ahí?" y los "piensa, Zavalita." Me sorprendió mucho el punto de vista tan femenino en la historia de Amalia. Además, las distintas clases sociales están muy bien delineadas en los diálogos y narrativas. Me encantó que La Catedral no fuera la Catedral de Lima, sino un barecillo de mala muerte. En las veces que intenté leerla me imaginaba a Zavala y Ambrosio platicando en unas bancas enormes de madera bajo el altar de algún santo o virgen.

Regresando a tu reflexión somnolienta principal, creo que tienes razón al destacar la idea de la "historia íntima" de las naciones. En este sentido, me gustó por ejemplo que nunca aparece Odría como personaje. Los movimientos políticos y la corrupción están en la novela, pero siempre emanando desde los individuos que participan en ellos o practican la misma. Así que el lector no puede esperar encontrar una historia tradicional de la dictadura odriísta en esta novela.