martes, 18 de noviembre de 2008

Bibliofilia

Según la escritora japonesa Sei Shonagon, el olor de una página en blanco es como el aroma de la piel de un nuevo amante que hace una visita sorpresa en un jardín lluvioso. La figura me parece hermosísima. Sin embargo, para mi, lo que huele como la piel de un amante nuevo no es una página en blanco, sino una página escrita —o más bien, cientos de páginas escritas y pegadas una tras otra formando un libro. Un papel en blanco huele a bebé, a promesa, a posibilidades; en cambio, un libro terminado huele a lo que huele un ser humano hecho y derecho.

Tal vez por eso me emociona tanto comprar un libro nuevo cuando éste promete ser bueno; por eso encuentro un placer francamente erótico al desnudarlo de su envoltura de celofán; por eso me gusta acariciar sus páginas tatuadas de letras; por eso es que, normalmente, no puedo esperar a salir de la librería para leer las primeras líneas. También a eso debe deberse el amargo sabor a despedida que siento en la boca, dos o tres días después, y si el libro cumplió con lo prometido, cuando leo las últimas palabras.

Tuve una de estas experiencias erótico-literarias con un libro que compré apenas ayer, en el Péndulo de la Condesa y que terminé hace unas horas. Lo encontré ahí solito, esperándome, seduciéndome. Y no es que su cubierta me gustara particualrmente. De hecho, me desagradó bastante (es rojo chillante y tiene dibujada una lagartija). Lo que me emocionó fue saber que lo había escrito Rosa Montero, que es sin duda una de mis autores actuales favoritos, (¿una de mis autores actuales favoritos? creo que me hice bolas con los géneros en esta frase… pero me rehúso a solucionar el problema usando @ en vez de a u o). Además, me gustó su título, nada modesto, por cierto: Instrucciones para salvar el mundo.

Como es mi costumbre, apenas salí de la tienda, lo saqué de su crepitante bolsa de papel, rasgué con impaciencia, pero también con infinita ternura, el celofán que lo envolvía, lo abrí, aspiré el aroma embriagador del papel-piel y empecé a leer:

La Humanidad se divide entre aquellos que disfrutan metiéndose en la cama por las noches y aquellos a quienes les desasosiega el irse a dormir. Los primeros consideran que sus lechos son nidos protectores, mientras que los segundos sienten que la desnudez del duermevela es un peligro. Para unos, el momento de acostarse supone la suspensión de las preocupaciones; a los otros, por el contrario, las tinieblas les provocan un alboroto de pensamientos dañinos y, si por ellos fuera, dormirían de día, como los vampiros…

Al leer estas líneas pensé, de inmediato, que yo pertenezco decididamente al primer grupo: a aquel para el que la cama representa un refugio seguro y cálido, a los que no les da miedo irse a dormir, sino despertar. Pero en esta entrada no quiero hablar sobre mis terrores y mis demonios personales, sino sobre el libro.

Pronto descubrí que, a diferencia de mí, los personajes de la novela (un taxista que no logar superar la muerte de su esposa, un médico desencantado de la vida, una bellísima prostituta negra, una científica vieja y alcohólica) pertenecen al segundo grupo y viven sus vidas de noche para no dejar que la oscuridad y sus horrores los pesquen desprevenidos. Como no pretendo aquí reseñar esta novela, no entraré en más detalles al respecto.

Sólo diré que, hace un par de horas, leí la última página, la 312. Aunque puedo decir que fue un final feliz, optimista incluso, me quedé sintiendo, como cada vez que termino un libro que me gusta, una nostalgia dulce y dolorosa. Aunque el volumen sigue entre mis manos, y sé que puedo conservarlo, cuidarlo, atesorarlo, también sé que ya nunca podré volver a leerlo con la misma sensasión de sorpresa y maravilla que la primera vez.
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Los buenos libros, como las buenas relaciones, no deberían terminar nunca. Y, sin embargo, siempre terminan.
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(Que conste que hablo de los libros, no de las relaciones)

3 comentarios:

Camila dijo...

en cuanto lei como se divide la humanidad y me identifiqué igual que tu con el primer grupo, me entraron ganas de salir corriendo a comprar el libro, meterme en mi cama y leerlo hasta quedarme dormida en sus páginas

Astro dijo...

Yo, cuando me voy a dormir soy del primer grupo.. pero cuando despierto me declaro casi siempre adepta del segundo. Si tan sólo no soñara tan seguido con el fin del mundo!
PS. Tus recomendaciones literarias, ya lo sabes, son órdenes. Mi próxima adquisición será esa.

Roberto dijo...

Pues yo creo que Sei Shonagon y yo somos como Madonna, nos gusta sentirnos, cada vez, "touched for the very first time" por eso la fijación con el papel en blanco.

A riesgo de sonar machista y anticuado, yo creo que lo correcto sigue siendo ponerlo todo en masculino: "Rosa es uno de mis autores favoritos" pues la arroba es execrable y cualquier otra cosa queda ambigua o sin concordancia, ni modo.