miércoles, 15 de octubre de 2008

El Ombligo de la Luna

Había una vez un lago al que los habitantes de la zona llamaban, (haciendo gala de un admirable sentido poético), el Lago de la Luna. Y en el centro del lago había una isla. Era más bien un islote, pequeñajo, en el que no había (porque no cabía nada más) más que unas cuantas piedras, algunos nopales, dos o tres magueyes, un puñado de ranas y lagartijas y algunas humildes chozas de pescadores. Por su forma casi circular y por su posición en el centro del lago, los habitantes llamaban al islote (haciendo gala no sólo de su sentido poético, sino también de su refinado sentido del humor) el Ombligo de la Luna.

Un mal día, los ombligueños vieron desembarcar en su isla a decenas de hombres extraños, venidos de una tierra remota, armados hasta los dientes. Les dijeron que había una antigua profecía, que si el nopal, que si el águila, que si la serpiente, en fin, que los dioses habían ordenado que se establecieran en el Ombligo de la Luna y fundaran ahí lo que sería la capital de un gran imperio. Los pescadores que habitaban el islote se mostraron extrañados: el modesto Ombligo no era lo suficientemente grande para construir en él una ciudad, mucho menos a la capital de un gran imperio. Sin embargo, no opusieron mayor resistencia, al fin y al cabo, ¿quiénes eran ellos, pobres ombligueños, para cuestionar los designios de los dioses que siempre han sido inescrutables y que siempre favorecen las conveniencias de los poderosos?

Las conquistas siempre tienen un elemento lingüístico y ésta no fue la excepción: los nuevos moradores apellidaron al Ombligo de la Luna con otro nombre más largo y rimbombante, en honor a su jefe: Tenoch. Como no tenían mucha imaginación, pusieron el mismo título a las otras poblaciones que iban conquistando, como Tlatalolco-Tenochtitlan.

Lo primero que se construyó fue un majestuoso templo que abarcó casi la totalidad de la extensión de la isla. Después fue necesario levantar palacios para que habitaran los sacerdotes y los reyes y chozas para que habitaran sus sirvientes. Para ello, empezaron extender el Ombligo, ganándole terreno al agua, mediante un ingenioso sistema de tierras flotantes conocidas como chinampas. También construyeron cuatro calzadas, hacia el norte, el sur, el este y el oeste, que comunicaban a la isla con otras poblaciones de la orilla del Lago de la Luna, para que la gente pudiera llegar ahí a pie, especialmente los días de mercado, cuando cientos de personas acudían a comprar y vender todo tipo de productos. Nótese que dije “a pie” y no en carros o carretas, porque a los nuevos señores del Ombligo, que eran tan ingeniosos para interpretar la voluntad de los dioses y para conquistar territorio, no se les había ocurrido una idea tan sencilla como la rueda.

En cualquier caso, la profecía se cumplió: el imperio se extendió hasta los confines mismos del mundo conocido: las áridas llanuras pobladas por tribus nómadas del norte y las impenetrables selvas del sur. El otrora humilde Ombliguito se convirtió en una metrópoli de primer orden.

Después llegaron nuevos conquistadores aún más extraños que los anteriores, procedentes de tierras aún más remotas y todavía mejor armados. Y ellos también decían que actuaban en cumplimiento de la voluntad de sus dioses. Así que los ombligueños, una vez más, no opusieron mayor resistencia y aceptaron resignados el nuevo cambio.

Los nuevos colonizadores impusieron una nueva lengua y una nueva religión, pero tuvieron el buen gusto de respetar el antiguo nombre del Ombligo de la Luna y sólo se deshicieron del rimbombante añadido "Tenochtitlan", quizá por considerarlo demasiado difícil de pronunciar, quizá para no honrar a un monarca extranjero.

En los años siguientes, se designó con el nombre del Ombligo de la Luna a toda la región, que primero se llamó reino, luego imperio, luego república, luego otra vez imperio y luego otra vez república. Incluso el golfo adyacente fue bautizado con el nombre del Ombligo de la Luna. En determinado momento, se le llamó así a una inmensa porción de América del Norte y del Centro, que se extendía desde las heladas montañas rocallosas hata el istmo de Panamá (que entonces no tenía canal). Aunque el pobre Ombligo fue incapaz de gobernar una extensión tan grande por mucho tiempo y rápidamente perdió, pedazo a pedazo, una porción considerable de la misma, siguió siendo el territorio más grande que debe su nombre a una sola ciudad, no se diga a un islote.

Por otra parte, la ciudad, es decir, el Ombligo propiamente dicho, también siguió creciendo hasta cubrir casi por completo el Lago de la Luna (del cual hoy queda sólo una pequeña parte, a la que llamamos Lago de Texcoco). Rápidamente devoró a las poblaciones cercanas como Tlatelolco, Chapultepec, Tacuba, Mixcoac y Atzcapozalco. Y después otras más lejanas, como Tlanepantla, Coyoacán, San Ángel, Tizapán, Tlalpan, Ecatepec, Atenco, Texcoco, Iztapalapa, Xochimilco, mil más.

El Ombligo de la Luna siguió creciendo, engordando, hasta que, en los años ochenta, su zona urbana se traslapó con la de Toluca, con lo cual se hizo merecedor del título de “megalópolis”. Según los expertos, y si la tendencia continúa, para el año 2020, el ombligo-monstruo devorará las ciudades de Cuernavaca, Puebla, Tlaxcala y Querétaro, con lo cual llegará a ser la urbe más extensa y más poblada de la que se tenga registro en la historia de la humanidad.

Moraleja: nunca hay que subestimar la importancia de un ombligo.

3 comentarios:

Roberto dijo...

...sí, también vale la pena mencionar que según una estación de radio que escucho en mis momentos de debilidad (no recuerdo si 97.7 o 99.3) se trata de "la ciudad más grande y bella del mundo".

Camila dijo...

...ahora imagina toda la borra (pelusa) que produce ese ombligo!!!!

Badbie dijo...

robert, no mientas! sabes bien que esa estación es nada más y nada menos que "amor 95.3" y la escuchas todo el tiempo!! jajaja