miércoles, 1 de octubre de 2008

Canciones pegajosas

La frase de “se me pegó una canción” me parece una metáfora de lo más acertada. Porque así es precisamente como se siente, como si una melodía se adhiriera en alguna parte del cerebro como se pega un chicle a la suela del zapato.

Existen tantos remedios caseros para despegar una canción (quizá sería más apropiado decir, para exorcisar una canción) como para quitar el hipo. El que yo recomiendo consiste en cantarle la melodía en cuestión a otra persona hasta conseguir que se le pegue a ésta también. Ni siquiera es necesario cantar, tararear ni silbar la tonadilla: muchas veces basta con escribir alguna línea clave en la cabacera del messanger o mandarla en un mensaje de texto para que se produzca el contagio y, con él, el exorcismo. Hay que aclarar que este método no es, ni mucho menos, infalible: puede ser que después del contagio la canción siga tan fuertemente pegada como antes, pero al menos queda el consuelo de compartir el padecimiento con alguien más y sentirse menos solo.

Hay casos en los que traer pegada una melodía es muy digno, tolerable y hasta agradable, como cuando se trata, por ejemplo, de un pasaje de La Pasión según San Mateo de Bach, de un tema de Las bodas de Fígaro o de cualquier canción de los Beatles. Si es el caso, conviene relajarse y disfrutar el pegoste. Lo más probable es que, después de un tiempo razonable, la melodía se vaya marchitando sola hasta que caiga por su propio peso, como una hoja en otoño.

Sin embargo, es más frecuente que la canción pegada no sea tan honrosa: alguna melodía de esas que transmiten con insistencia compulsiva las estaciones de radio, cuyo único mérito es precisamente el de ser pegajosa. Puede ser un reggaeton o una balada romántica de Sin bandera o algún otro intérprete similar. A menos que sea uno sordo, o que lleve consigo tapones para los oídos, está expuesto a una indeseable adhesión de este tipo en todo momento del día.

Pero tenemos que ser sinceros: aunque nos avergüence admitirlo, también somos capaces de disfrutar canturreando durante horas seguidas la misma estrofa de una de estas pegostiosas composiciones. Reconózcalo, amable lector: usted también, más de una vez, se ha descubierto a sí mismo regodeándose en el ritmo repetitivo, en la melodía simple, en la letra absurda de una de estas piezas desprovistas de cualquier valor artístico o estético. Sin embargo, si va a dejarse llevar por este culposo placer (¿que placer que merezca llevar ese nombre no es, en alguna medida, culposo?) no debe olvidar hacerlo siempre en voz muy baja, o bien en el coche, en la regadera o en la soledad de la recámara, ya que, de ser escuchado por algún oído indiscreto, corre usted el riesgo de acabar para siempre con su reputación de persona de buen gusto musical. No toda la gente es comprensiva con las víctimas de una rolita pegajosa.

Ahora bien, hay casos —raros, pero no imposibles— en que una canción pegada, mejor dicho clavada, en la mente de un individuo, puede ser tan endiabladamente molesta, tan dolorosamente mala, tan absolutamente nausebunda, que se convierte en una tortura insoportable para la inocente víctima. Por ejemplo, si la canción de la que se trata es cualquiera de Ricardo Arjona, el único tratamiento recomendado es el suicido inmediato.

3 comentarios:

Camila dijo...

Aplica la misma solución cuando la canción pegajosa es una de Luis Miguel que escuche en la Hora de Luis Miguel en la Nueva amor -mientras iba en un taxi camino al trabajo, tarde como siempre- que se llama "No me puedes dejar así" y que dice algo como:}
La lluvia llueve, el mar se muerve pero no no mepuedes dejar asíiiiiiiiiiii....????

Luis dijo...

Creo que el suicidio es un tratamiento un poquitín execivo para una canción como la que describes. Yo te recomendaría intentar pegarsela a alguien más (alguien a quien no aprecies mucho) y, si en un par de días la rola no se ha despegado, entonces sí ve pensando en soluciones radicales.

Astro dijo...

Mis amigas se burlan de que mi cerebro está viejito por las canciones que se me pegan. La Bamba, Mi corazón de Rocío Durcal y Amorcito corazón. Aunque más bien, es que las recuerdo por algo y yo solita me las pego. Pero eso sí, Ricardo Arjona jamás, guácala!