lunes, 29 de septiembre de 2008

El brazo de abajo

En una entrega anterior de este mismo blog hablé de un problema muy grave de la vida en pareja, el de la nomenclatura. Hoy quiero referirme a otro problema más terrenal, pero no menos grave. No es una cuestión semántica, sino, digamos, ergonómica. Me explico:


Cualquiera que tenga una pareja más o menos estable con la que comparta regularmente momentos de intimidad sabe que hay pocas cosas tan deliciosas en la vida como esos instantes, que normalmente vienen después de la actividad amatoria, en los que ambos amantes yacen sobre un costado, abrazados, uno detrás de otro, en total relajación, en una posición cóncava a la que los especialistas en la materia llaman “de cucharita”. En esta posisión, los cuatro pies (de preferencia descalzos) se acarician delicadamente los unos a los otros. En estos ratos sublimes, que pueden durar pocos minutos o varias horas, ambos miembros de la pareja se funden en un solo ser maravilloso y bicéfalo. Son momentos perfectos. O lo serían si no fuera por un pequeño detalle: el brazo de abajo.

Me refiero, por supuesto, al brazo de la persona que queda atrás, en la parte exterior de la cuchara. Llamémosle sujeto A. Y me refiero también al brazo —derecho o izquierdo, según sea la dirección del abrazo— que queda abajo, es decir, entre el cuerpo y el colchón. Si las cosas no se hacen con cuidado, dicha extremidad puede quedar aplastada por el peso del monstruo de dos cabezas, lo cual suele cortar el flujo circulatorio del miembro en cuestión produciendo una desagradable sensación de cosquilleo desde el codo hasta la punta de los dedos, la cual a su vez, inevitablemente, acaba por romper el encanto del momento (lo cual es siempre una verdadera lástima).

Hasta ahora, la única solución que existe para el delicado problema del brazo de abajo es pasarlo por el hueco que se forma debajo del cuello, entre la cabeza y el hombro de la persona de adelante (llamémosle sujeto B). Sin embargo, para que esta vía resulte viable necesitan conjugarse, en perfecto equilibrio varios elementos: el ángulo del cuello, la altura de las almohadas, la posición del brazo. Para lograr esta delicada conjunción, a menudo se requieren complicados cálculos geométricos y anatómicos, que resultan particularmente difíciles en esas situaciones de relajamiento —a veces, agotamiento— extremo. No es, pues, una solución práctica.

Ni el Kama Sutra ni ningún otro texto sobre temas relacionados proponen una solución a este conflicto, ya que no se trata de una posición sexual sino, más bien, post-sexual (lo cual, aparentemente, la hace menos interesante desde el punto de vista de las ventas de libros). Sin embrago, al menos para mí, es una cuestión de enorme trascendencia.

Por eso les sugiero a los inventores americanos (o a quien quiera que sea que diseña los novedosos y utilísimos productos que se anuncian en los llamados infomerciales) que enfoquen sus ingeniosos cerebros en esa dirección. Si la ciencia moderna ha creado almohadas con memoria, cuchillos que pueden cortar latas de aluminio, focos portátiles que no se calientan, bombas que extraen el aire de cualquier recipiente para evitar la descomposición de los alimentos, si hay incluso aparatos que sacuden los pies del usuario mientras éste se halla tumbado en el piso, produciéndole una infinidad de resultados benéficos para el cuerpo y el espíritu, ¿por qué no pueden inventar un sistema que acabe de con el problema, tan viejo como la humanidad misma, del brazo de abajo?

A mi se me ocurre un colchón con una especie de agujero cilíndrico o túnel por el que la el sujeto pueda pasar la problemática extremidad sin dejar de abrazar a su enamorado/a con el brazo de arriba (nótese que uso la terminología peruana). De acuerdo, tal vez no sea una solución perfecta, pero por algo yo no soy inventor.

El día que alguien invente un dispositivo que termine de una vez por todas con este ancestral problema, se hará merecedor de mi más completa admiración y sabrá que ha prestado un servicio invaluable a los enamorados de todo el mundo.

3 comentarios:

Nilbia dijo...

Sí Guille tienes toda la razón, siempre he pensado lo mismo. Yo adoro a mi enamorado (gracias por recordar el término peruano -aunque hoy día odio al Perú por su requisito absurdo de un visado) pero el tema del brazo se volvió todo un issue en mi relación no sólo por los momentos que bien describes sino por las más de 6 horas que implica dormir con tu pareja en la famosa postura de la Cuchara!! Yo propongo un colchón con un hoyo tipo cama de masaje por donde cualquiera de los dos pueda dejar reposar el brazo en cuanto la situación se ponga incómoda. Tan delicioso momento convertido en una pesadilla! bueno seguro Don Alvaro Obregón no padecía de eso, al menos él dormía sabroso con su mujercita.

Camila dijo...

A lo mejor este problema no es del todo un problema sino un indicador del "verdadero amor". Es decir, cuando encuentras a aquella persona con la que dormir de cucharita durante horas, sin ningun malestar físico, y cuyo brazo de abajo puede situarse comodamente bajo la curvatura natural del cuello del sujeto B, permitiendo el retoce absoluto; tal vez hayas encontrado al "Significant spoon other" de tu vida...

Anónimo dijo...

Ay mi buen, estoy de acuerdo con Camila, me parece que hasta para eso tienes que encontrar una pareja, the spoon other, ja. Y cuando uno lo encuentra y se vá, eso es una de las cosas que más extrañas.

AC